Podríamos definir la Personalidad como aquello que de único y de singular que tiene un individuo, es decir, las características más o menos consistentes y duraderas en el tiempo que lo distinguen de los demás y que le llevan a relacionarse con el entorno.

El problema surge cuando estos patrones de funcionamiento más o menos consistentes y duraderos se tornan fijos, inflexibles, persistentes y desadaptativos, provocando sufrimiento a la persona y a sus familiares; esto es el comienzo de un nuevo diagnóstico, el de Trastorno de Personalidad.

Estos patrones rígidos y desadaptativos aparecen entonces en varias de las siguientes áreas:

  1. Forma de percibir e interpretarse a uno mismo, los demás y los acontecimientos (pensamientos y esquemas cognitivos)
  2. Forma de sentir: afectos
  3. Forma de relacionarse con los demás y con el mundo: actividad interpersonal (comportamiento social) y cotidiana (conducta).
  4. Control de los impulsos.

Frente a esos patrones rígidos y desadaptativos que forman parte de un trastorno de personalidad, podemos decir que las características que diferencian una personalidad normal de una patológica (trastorno de personalidad) en cuanto a capacidad son:

  1. La capacidad de funcionar de un modo autónomo y competente.
  2. La posibilidad de ajustarse de una manera eficiente y flexible al medio social. De hecho, las personas con un trastorno de personalidad suelen convertirse en “personas molestas” para los demás.
  3. La capacidad de conseguir metas propias con el consiguiente sentimiento de satisfacción subjetiva.

Los trastornos de personalidad tienen pautas de pensar, sentir y relacionarse con el mundo inflexibles y no adaptativas que conducen a limitaciones graves en todas las áreas de funcionamiento (social, laboral, familiar, personal...), dificultad en el aprendizaje de estrategias de afrontamiento ante las dificultades cotidianas, y aumento del malestar subjetivo. Debido a este trastorno, estas personas tienen un alto riesgo de desarrollar problemas psicológicos de todo tipo (problemas de ansiedad, depresión, consumo de tóxicos, conductas autolesivas, conflictos sociales, etc.), afectando el resto de sus esferas vitales cotidianas: familia, relaciones sociales, vida laboral, etc

Los Trastornos de Personalidad comienzan en la infancia tardía o en la adolescencia, si bien no se suelen detectar en muchos casos hasta el inicio de la edad adulta, cuando se considera que la Personalidad ya está plenamente formada. Existen diferentes tipos de trastornos de personalidad, como el paranoide, esquizotípico, esquizoide, límite, histriónico, antisocial, narcisista, por evitación, obsesivo-compulsivo o por dependencia.

Su curso suele ser cíclico y crónico, con periodos de estabilidad sintomática en los que la persona puede experimentar cierto bienestar personal y adaptación sociolaboral; no obstante, si no se abordan sus patrones problemáticos subyacentes la recaída se hace casi inevitable.

El consumo de drogas (incluyendo el alcohol) afecta al curso y pronóstico del trastorno de personalidad, acentuando los patrones rígidos y desadaptativos. Se ha visto que la evolución cuando existe consumo de sustancias es claramente diferente, esto es, cuando es esperable para una persona no adicta conseguir ciertos cambios en su conducta, en el caso de la persona con dependencia a drogas se refuerzan las acciones que sostienen el trastorno durante más tiempo, constituyéndose en un tratamiento con peor evolución. Por otro lado, cuando se consiguen periodos de abstinencia en el consumo de drogas, el trastorno de la personalidad no ha desaparecido, lo que mantiene a la persona adicta a drogas bajo más situaciones de riesgo en comparación a las observadas en otros casos. Esto justifica el desarrollo de programas de prevención ante la recaída en el consumo de drogas diferentes a los desarrollados para otras personas adictas, porque de cualquier modo los factores de riesgo estarán determinados claramente por la personalidad.

El tratamiento de los trastornos de personalidad y adicción debe ser multidisciplinar e integrado, es decir, que aborde diferentes ámbitos (psicológico, médico, social) y ambas patologías a la vez.

La psicoeducación es sin duda una estrategia muy valiosa, pues la persona no suele ser consciente de padecer un problema de personalidad, y debe contemplarse de un modo reglado, organizado con diferentes fases que atiendan a aspectos diversos del trastorno. Asimismo, debe estar acompañada de psicoterapia, donde se analicen las relaciones de influencia entre el trastorno de la personalidad y la drogo-dependencia, y se establezcan estrategias de tipo cognitivo-conductuales para evitar las recaídas.


¿Cómo puede ayudar la familia a la persona con trastorno de personalidad y adicción?

La familia, de origen o propia, ocupa un papel relevante en la intervención habiéndose asociado su participación a una mejor evolución en el tratamiento. Así, es importante que la familia conozca las características de ambas enfermedades (adicción y trastorno de personalidad) y cómo se influyen mutuamente.

Un apoyo importante es realizar una supervisión del tratamiento, asegurarse de que la persona lo está cumpliendo; así como reforzar la concienciación respecto a la necesidad de mantener la abstinencia, es decir, de no consumir drogas (incluyendo el alcohol).

Conocer los síntomas de una posible reagudización del trastorno de personalidad llevará a la familia a advertir de los cambios a los profesionales de referencia para que así se puedan tomar las medidas oportunas y evitar la recaída en ambas enfermedades.

El entrenamiento en la autoaceptación de errores y comunicación de emociones favorece la estabilidad de la persona con trastorno de personalidad y adicción.