LA TERAPIA PSICOLÓGICA PUEDE AYUDARTE

por Admin

Publicado el 18/09/2016



El primer punto de encuentro para abordar el tratamiento de una enfermedad, sería establecer de forma clara cuáles son los criterios de normalidad-anormalidad de nuestros estados emocionales desde la óptica médica y social. El límite de lo que se considera patológico y lo que no, depende de multitud de factores personales, sociales y ambientales que deben tenerse en cuenta para un buen abordaje de la situación específica de cada persona.

Aproximadamente 340 millones de personas en el mundo sufren depresión. El cada vez, mayor acceso a la información de cada uno de nosotros a través de medios informáticos, crea falsas alarmas que identifican la depresión con ciertos síntomas, que no tienen porqué coincidir con su diagnóstico. Esta situación, a la vez, se agrava cuando se evaúa el problema de manera lineal, sin tener en cuenta un análisis funcional previo de la persona.

Estar triste no siempre es negativo, puede ayudarnos a tomar decisiones.  

Las emociones forman parte del arsenal humano y representan funciones primordiales a la hora de regir y evaluar nuestro comportamiento. En ese sentido, la tristeza, que normalmente se acompaña de reacciones de evitación y etiquetas negativas que disminuyen el atractivo de inclusión social, sirve como alarma ante determinadas situaciones o estados internos de nuestra vida, que debiéramos abandonar o replantearnos de forma diferente. Por tanto, conectar con esa emoción y saber digerirla para trabajar con ella supone una fuente de oportunidades para el cambio. 

La tristeza es una emoción básica que debemos aprender a interpretar, ya que tiene una función adaptativa muy importante. La depresión, en cambio, comprende un gran sistema en el que se interconectan de forma simultánea procesos mentales (con pensamientos negativos irracionales), emociones de tristeza y sentimientos de profunda angustia, culpa y desesperanza ante el futuro, así como manifestaciones de comportamiento que en los casos más graves puede llegar al suicidio. Estos estados, prolongados en el tiempo, interactúan para conformar un juego patológico que, además de cambiar la realidad y la forma de relacionarse que tiene la persona, la incapacitan significativamente para llevar a cabo las actividades de su vida diaria. 

El primer punto de encuentro para abordar este tema, por tanto, sería establecer de forma clara cuáles son los criterios de normalidad-anormalidad de nuestros estados emocionales desde la óptica médica y social. El límite de lo que se considera patológico y lo que no depende de multitud de factores personales, sociales y ambientales que deben tenerse en cuenta para un buen abordaje de la situación específica de cada persona, ya que van a ser la base que condicione un tipo u otro de intervención. 

A excepción de la depresión con base endógena, en cualquier estado depresivo existe una situación precipitante que, aprovechándose de una base de personalidad vulnerable, provoca la aparición de los primeros síntomas de ansiedad o tristeza. A su vez, la repetición de determinados patrones de afrontamiento fallidos, construyen una base de indefensión en la persona que, poco a poco, va quedando hundida en un estado profundo de desesperanza y vacío. Por tanto, se trata de un sistema que se construye y que, además, se mantiene con el apoyo de ciertas estructuras sociales. Por ejemplo, una ruptura de pareja puede ser una situación precipitante para alguien que tiene dificultades para asimilar una pérdida. Poco a poco, la tristeza inicial le va  llevando a retraerse más y a desistir en nuevos intentos de solución, pues cada vez que sale se acuerda más de su ex pareja y piensa que ya no va a ser atractiva para nadie. A medida que sus síntomas se agravan, además, su familia le presta más y más atención en su papel de víctima, lo cual refuerza a su vez más el hecho de no asumir la nueva situación y responsabilizarse para poner en marcha nuevas habilidades de afrontamiento. 

Cualquier tratamiento psicológico va a trabajar sobre aquello que sustenta las bases del estado depresivo, para devolver el poder y el control a la persona sobre su vida. Dependiendo del enfoque se hará más o menos hincapié en unos aspectos u otros. En este sentido, la terapia cognitivo conductual, es la que cuenta con una mayor aceptación científica.

La intervención, de manera general, incidirá sobre los tres niveles de funcionamiento principales de la persona: 

-A nivel cognitivo  se intentará buscar cuáles son los esquemas que sustentan los pensamientos irracionales (“no voy a volver a gustar a nadie”) para sustituirlos por otros más funcionales: “quizás durante un tiempo no conozca a nadie, pero que termine con una pareja no implica que no pueda encontrar a otra”. 

-A nivel emocional se trabajará especialmente el sentimiento de culpa que la persona siente por no poderse hacer cargo de sí misma, o por pensar que es la principal responsable de lo ocurrido. 

-Por último se incidirá en instaurar nuevos patrones de comportamiento que promuevan formas diferentes de relacionarse y que, a su vez, generen una visión de sí mismo más realista.

Autor: Marta Mero